La presidenta de Escuelas Católicas alerta de las consecuencias del abuso de las pantallas y reivindica una escuela “humanizadora”, sin perder de vista el acompañamiento a las familias, la identidad católica de los centros y los nuevos desafíos que plantea la inteligencia artificial.
Comienza un nuevo curso. ¿Cómo afronta Escuelas Católicas este inicio y cuáles son sus principales objetivos?
—Nuestro principal propósito es acompañar a los alumnos en el aprendizaje. Que todos los alumnos y alumnas que van a llenar nuestras aulas sientan que hay unos profesores que les van a acompañar, que les van a ayudar a aprender mejor y, sobre todo, a mirar con mucha esperanza este curso.
El pasado lo terminamos con muchas situaciones de tensión, problemas y dificultades en el mundo educativo en general. Ahora queremos que tanto los centros como los alumnos comiencen con ilusión, con ganas, con esperanza y con mucho horizonte. Creo que, si algo nos tiene que marcar este curso, es precisamente que tenga horizonte: posibilidades, apertura.
Como Escuelas Católicas nos planteamos que sea un curso lo más tranquilo posible, dentro de los imponderables y de todo lo que pueda ocurrir, pero con la certeza de que, por complicadas que sean las situaciones, vamos a salir y vamos a confiar.
También sabemos que políticamente va a ser un curso complejo, porque habrá elecciones en mayo y el mundo educativo siempre es muy sensible a todo esto. La campaña electoral seguramente nos va a salpicar con promesas, con lo que no funciona y con lo bien que unos u otros dicen que lo van a hacer. Pero nosotros empezamos con mucha paz, mucho sosiego y mucha ilusión. Quizás la palabra sea esa: mirar al horizonte.
—¿En qué situación afronta la enseñanza concertada este inicio de curso y cuáles son en estos momentos sus principales reivindicaciones?
(Fotos: A. Sáiz/Delegación Medios Comunicacion Arzobispado Valencia)
—Empezamos contentos. A nivel nacional, en noviembre vamos a celebrar nuestro Congreso de Escuelas Católicas en Madrid, en el que nos reuniremos 2.000 personas y para el que incluso hay lista de espera. Y, a nivel de la Comunitat Valenciana, el 30 de julio firmamos el acuerdo de jubilación parcial, que beneficia muchísimo al profesorado de más edad de nuestros centros y permite el relevo generacional en los claustros, algo que es muy importante.
También en los dos últimos presupuestos se ha incrementado un 3 % la partida de otros gastos, después de muchísimos años sin subidas. No sufraga todos los gastos que tenemos en los centros, pero al menos aminora las pérdidas y nos da un poco más de oxígeno económico, porque hay colegios que lo están pasando muy mal.
Reivindicaciones siempre tenemos. Una de ellas, y además histórica, es contar con una mayor dotación de personal especializado. Cada vez tenemos más alumnos con dificultades de aprendizaje y con diagnósticos psicopedagógicos que necesitan refuerzo y ayuda. Necesitamos profesores de Pedagogía Terapéutica y de Audición y Lenguaje que nos ayuden en esa tarea diaria. Mayoritariamente contamos con estas figuras, pero se trata de una dotación de horas, no de profesionales que estén permanentemente en el colegio. Por eso seguiremos pidiendo a la Conselleria que atienda estas necesidades de profesorado en los centros concertados.
—En una sociedad cada vez más secularizada, ¿cómo mantienen los colegios su identidad católica para que no quede reducida únicamente a determinados momentos o actividades pastorales?
—El plan de pastoral de los centros concertados no se limita solamente a la celebración de la Navidad, el Miércoles de Ceniza o a esos momentos más puntuales. Eso está, por supuesto, y están también las clases de Religión, pero todo el colegio respira atmósfera católica.
¿Cómo se hace esto? La verdad es que es complejo, primero porque la sociedad no nos ayuda para nada y, después, porque hay un elemento previo muy importante: la selección del profesorado. No se trata solo de que el profesor respete el ideario, porque eso es muy sencillo, sino también de que promueva ese ideario católico y, sobre todo, de que sea testigo.
Ser testigo no significa rezar el rosario o que te vean muy piadoso en la capilla, que también, sino ser honesto cada día con tu trabajo, con lo que dices y con tus gestos; tener esa coherencia de vida con el Evangelio. Eso es lo difícil, lo que intentamos y promovemos: que el propio profesorado sea testigo de que la fe merece la pena, de que da sentido a nuestras vidas y que podemos acompañar a nuestro alumnado para que encuentre, en ese horizonte del que hablaba al principio, la razón de ser de nuestros colegios y de nuestra vocación docente.
—Muchas familias eligen un colegio católico por su proyecto educativo o por los valores que transmite, aunque quizá estén alejadas de la práctica religiosa. ¿Puede convertirse hoy el colegio en un lugar de primer encuentro con la fe?
(Fotos: I. Miñana/Delegación Medios Comunicacion Arzobispado Valencia)
—Evidentemente. De hecho, en los colegios concertados católicos de Escuelas Católicas, sean religiosos o diocesanos, nos encontramos con muchos alumnos que no están bautizados o que no han hecho la Primera Comunión.
Este curso, con motivo del Jubileo del Santo Cáliz, organizamos junto con el Arzobispado una peregrinación en la que participaron más de trescientos alumnos. Lo significativo fue que algunos de aquellos niños no habían hecho la Primera Comunión. Durante la Eucaristía, algunos se quedaron sentados y otros se acercaron con las manos cruzadas sobre el pecho y recibieron una bendición. Para algunos era su primer contacto con una Eucaristía, con la Catedral y con el Santo Cáliz.
Además, habíamos preparado unas postales del Santo Cáliz con una oración para que se las llevaran a casa y descubrimos que muchas familias no sabían qué era el Santo Cáliz, dónde estaba o qué significaba. Aquello fue un primer anuncio. Y muchos de los actos que realizamos en nuestros colegios pueden convertirse precisamente en eso: en un primer momento en el que familias que han elegido un colegio concertado católico por sus valores, por la formación, por tradición o por cualquier otro motivo se encuentran con el hecho cristiano.
Ocurre también con algo tan sencillo como mantener los belenes en nuestros colegios y celebrar la Navidad desde su sentido cristiano. Para algunas familias supone incluso reencontrarse con algo que vivieron en su infancia y que habían perdido por el camino.
Nuestros colegios son también una manera de llegar a las familias a través de los chicos y chicas que están en ellos.
—El inicio de curso supone también un importante esfuerzo económico para muchas familias. ¿Cómo se las acompaña desde los colegios para que las dificultades económicas no condicionen las oportunidades de los alumnos?
—Hay distintas formas de ayudar. Está el banco de libros, que es una ayuda de la Administración para las familias, y muchos colegios venden también los libros aplicando el descuento editorial, de manera que pueden adquirirlos a un precio menor.
Luego están los mercadillos de uniformes. En muchos colegios, las asociaciones de madres y padres recogen a final de curso prendas que se han quedado pequeñas pero continúan en buen estado y las distribuyen entre las familias que tienen menos medios económicos. En otros casos lo hace el propio colegio. Y está también toda la labor social de los centros, muchos de ellos en relación con Cáritas, por ejemplo con la recogida y reutilización de material escolar.
Pero creo que aquí también estamos enseñando a los alumnos un valor fundamental: la austeridad, que prácticamente se ha perdido de nuestro vocabulario cotidiano. No tienes que empezar el curso con un estuche nuevo. No es obligatorio que tu madre te compre uno si te sirve perfectamente el del año pasado o el de tu hermano mayor. Hay que educar también en que no es necesario despilfarrar.
Yo, por ejemplo, doy Ética a alumnos de cuarto de ESO y les digo que para mi asignatura, en la que por supuesto escriben a mano, traigan un cuaderno que tenga suficientes hojas, pero puede ser perfectamente uno del año anterior. Le arrancan las hojas utilizadas y lo siguen usando. Al principio abren los ojos como platos: “¿Una asignatura nueva, un curso nuevo y vamos a utilizar un cuaderno antiguo?”. Sí, no pasa nada.
Y luego están las becas y ayudas de comedor. En la medida de lo posible, desde los colegios intentamos ayudar a las familias y responder a las distintas situaciones que encontramos.
—Más allá de la ayuda económica, ¿cómo se acompaña al alumno que puede sentir que es diferente porque su familia tiene menos recursos?
—Lo que procuramos es que se sienta igual a los demás, que no se evidencie su diferencia. Las ayudas se entregan con discreción y, por ejemplo, las familias que necesitan uniformes los recogen en otro momento. Simplemente porque los niños a veces son crueles y pueden meterse con otros por estas cuestiones.
La austeridad es para todos, para los que llevan el estuche nuevo y para los que lo han recibido. Lo importante es que nadie sienta que tener una economía menor le diferencia. Se intenta llevar todo con mucha discreción, para no humillar ni hacer sentir a nadie que es distinto por ser pobre.
Esto ocurre también con alumnos inmigrantes que pueden llegar al colegio en enero o febrero. No puedes pedir a una familia que acaba de llegar que compre entonces un lote completo de libros. En esos casos, las editoriales muchas veces nos los facilitan o buscamos otras fórmulas para proporcionárselos. Hay maneras de ayudar discretamente para que todos se sientan iguales.
—La tecnología cambia a una velocidad enorme y el acceso a móviles y dispositivos se produce cada vez a edades más tempranas. ¿Cómo afrontan los colegios sus efectos sobre el aprendizaje y el bienestar de los alumnos?
—El tema de las tecnologías es muy complejo. En primer lugar, estamos trabajando mucho en Escuelas Católicas la formación en competencia digital docente. Los profesores tienen que estar muy preparados para que la tecnología sea una herramienta que nos ayude a educar, acompañar, enseñar y formar. Una herramienta, nada más. Cuanto más preparado esté el docente, mejor uso podrá hacer de ella y mejor podrá trabajar con el alumnado.
La Conselleria ha establecido también en las instrucciones de inicio de curso una limitación en el uso de las tecnologías en Primaria, con un número determinado de sesiones, mientras que en Secundaria y Bachillerato queda a discreción del centro. Esa limitación es buena porque reduce el tiempo de exposición de los alumnos a los dispositivos.
Pero necesitamos también la colaboración de las familias. Muchas nos dicen que los niños pasan demasiadas horas delante de las pantallas, pero ese tiempo no se produce únicamente en el centro, sino también en casa. Hay que concienciar de la necesidad de limitar allí el uso de los dispositivos. Los niños tienen que ir al parque, jugar, caerse…
Si algo es la escuela, es humanizadora. No hace falta estar al día de la última creación tecnológica ni luchar por ser los primeros en tecnología. Tenemos que verla simplemente como una herramienta y poner en el centro la humanización que supone trabajar cada día con personas.
También es importante la formación para prevenir los problemas relacionados con las redes sociales, el bullying o el sexting. Muchos de nuestros centros trabajan en este ámbito con la Policía Nacional y la Policía Local. Y en nuestros centros existe la prohibición del uso de los teléfonos móviles, salvo que un profesor autorice su utilización para algo muy concreto.
Pero es una labor de todos. No podemos limitar el uso de los dispositivos en los colegios y que luego en el hogar el alumno pueda utilizarlos todo el tiempo que quiera. Estamos sufriendo las consecuencias del abuso de las redes sociales y, personalmente, hay algo que me preocupa muchísimo: el sueño. Hay alumnos que están hasta altas horas de la noche con las pantallas en sus habitaciones y duermen poco y mal.
Al día siguiente llegan irascibles, les cuesta muchísimo aprender y su cerebro no ha tenido el descanso suficiente. Estamos educando a alumnos dormidos por las mañanas. Y eso es preocupante porque no rinden, no aprenden todo lo que podrían y, además, esa irascibilidad provoca en ocasiones conflictos desde primera hora.
—A ello se suma ahora la inteligencia artificial. ¿Cómo evitar que su utilización termine afectando a capacidades como la reflexión, la síntesis o la comprensión y que sea la herramienta la que haga el trabajo por el alumno?
—Ahí tenemos otro motivo de preocupación, porque se pierde la capacidad de reflexión y de síntesis. ¿Qué deberes mandas a casa para que el alumno los pueda hacer por sí mismo? Es muy complicado. Tienes que pensar qué va a hacer y cómo lo va a hacer para que sea suyo, de su propia cosecha, porque en cuanto le dejes que busque, la IA te lo hace perfecto, hasta unos esquemas divinos.
El problema llega especialmente cuando los alumnos ya tienen dispositivos propios y pueden acceder a todo ese mundo. Además, muchas veces lo que encuentran puede contener errores o falsedades. La inteligencia artificial puede buscarte una información, pero después tienes que contrastar que aquello responde a la realidad.
En los últimos cursos de Secundaria o Bachillerato el alumno necesita buscar e investigar y es muy difícil encontrar la clave. Tenemos que estar muy atentos y conseguir que haga los deberes por sí mismo.
Y yo estoy a favor de los deberes. Si no hay deberes, no hay aprendizaje. Si no se ponen deberes, no se refuerza lo aprendido en el centro ni se da tiempo para asimilar los conocimientos. Pero esos deberes no puede hacerlos la máquina, tiene que hacerlos el alumno. Si no, no sirven para nada.
Una posibilidad es que determinados trabajos se presenten a mano. Por lo menos, aunque se haya consultado una pantalla, se ejercita el trazo y se desarrolla esa parte del cerebro que es tan importante.
—Hablamos mucho del acompañamiento emocional de los alumnos, pero también hay que cuidar a quien acompaña. ¿Cómo se cuida y se acompaña a los profesores?
—Los profesores terminan muy cansados. Todos los cursos son muy intensos y hay mucho trabajo psíquico, emocional y personal. Cuando eres un buen profesor no te limitas a enseñar unos contenidos, sino que te implicas en la vida del alumno, en la vida de la familia y en situaciones que a veces son muy complejas.
Hay cosas que te crujen las tripas por dentro, que te duelen en el alma, porque no las puedes solucionar. Y todo eso supone un desgaste de energía y de afecto. Por eso tenemos que trabajar también la salud emocional de los profesores y generar espacios de silencio, de paz y de reflexión que nos permitan parar, respirar profundamente y recuperar fuerzas.
Hay una parte del alma que va mucho más allá del cansancio cerebral o físico. Y tenemos que cuidar mucho esa gestión emocional porque una mala gestión de nuestras emociones puede hacer mucho daño a un alumno.
Yo siempre les digo a mis alumnos que se están formando para ser profesores: tenemos que dejar huella y no cicatrices. Una mala gestión emocional de un profesor cansado puede dejar una cicatriz en un alumno. Dejemos huella, una huella de testigo, de testimonio, pero gestionemos bien nuestras emociones.