Archidiócesis de Valencia

Enrique Lluch, profesor de Economía CEU-CH: “El problema va más allá de la vuelta al cole en septiembre”

Actualidad · 11 de septiembre de 2026

Enrique Lluch, profesor de Economía CEU-CH: “El problema va más allá de la vuelta al cole en septiembre”

El comienzo del curso vuelve a poner a prueba la economía de muchas familias. Para Enrique Lluch, profesor titular del Departamento de Economía y Empresa de la Universidad CEU Cardenal Herrera, el encarecimiento de la vuelta al cole no puede entenderse únicamente mirando cuánto cuestan los libros, el material o el resto de gastos escolares, sino también atendiendo a la capacidad real de los hogares para asumirlos.

Los datos de la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) permiten dimensionar ese esfuerzo. El gasto escolar medio en España se sitúa en torno a los 2.480 euros por alumno, mientras que en la Comunitat Valenciana alcanza los 2.190 euros. El coste ha aumentado alrededor de un 4 por ciento respecto al curso anterior y mantiene una tendencia ascendente durante los últimos cinco años.

Una parte importante de ese desembolso se concentra precisamente ahora. Preparar a un estudiante para regresar a clase supone de media 548 euros, antes incluso de comenzar a sumar los gastos mensuales que llegarán durante el curso. Los libros de texto representan unos 192 euros por estudiante; el material escolar, alrededor de 90; y la ropa, el calzado, el uniforme o el chándal añaden otros 224 euros. A ello se suman unos 43 euros destinados a las asociaciones de madres y padres y, en determinados casos, la adquisición de ordenadores, tabletas u otros dispositivos.

La factura varía considerablemente en función del tipo de enseñanza. Según los datos recogidos por la OCU, estudiar en un centro público supone un gasto anual cercano a los 1.300 euros, mientras que en la enseñanza concertada supera los 3.400 euros y en la privada puede rebasar los 8.700 euros por alumno. Las diferencias se encuentran fundamentalmente en las matrículas y cuotas mensuales y en servicios como el comedor, las rutas de transporte, el desayuno o las actividades extraescolares.

Y el problema aparece cuando esta factura extraordinaria se suma a una economía familiar que ya llega muy ajustada a septiembre.

“No es solo un problema de precios, sino también de ingresos”

Para el profesor Lluch, hay que observar dos elementos para entender qué está ocurriendo. El primero tiene que ver, naturalmente, con el encarecimiento de la vida; el segundo, con la capacidad real de los hogares para asumirlo.

“No es solo un problema de precios, que también están subiendo, sino de que los salarios reales no son excesivamente altos”, explica.

A ello añade una circunstancia que puede pasar inadvertida cuando se habla del desembolso de septiembre: la forma en la que muchas familias perciben actualmente sus salarios. Lluch señala que se ha extendido en numerosas empresas el reparto del sueldo anual en doce mensualidades, de manera que desaparece la paga extraordinaria de verano que tradicionalmente podía servir a los hogares para afrontar, entre otros gastos, el comienzo del curso escolar.

Pero septiembre tampoco llega aislado. La subida general del coste de la vida ha ido reduciendo la capacidad adquisitiva de las familias y, especialmente, de aquellas que concentran prácticamente todos sus ingresos en necesidades esenciales.

“Si tienes que pagar más de luz, de alimentación y de otros bienes básicos, como sucede especialmente en las familias que concentran su gasto en los bienes necesarios, cuando llega el comienzo de curso y hay que afrontar un desembolso adicional y concentrado en septiembre, puede resultar difícil haber conseguido ahorrar previamente para hacerle frente”, explica el economista.

El impacto, además, se multiplica en los hogares con varios hijos en edad escolar. En la situación actual, con el aumento de los precios y unos salarios más reducidos en términos reales, el peso porcentual de ese gasto sobre la economía doméstica es todavía mayor.

Recuperar el valor de compartir

El análisis de Lluch introduce, sin embargo, otra cuestión que va más allá de reclamar más recursos económicos: ¿es inevitable que cada alumno tenga que disponer individualmente de todo el material que utiliza?

El profesor recuerda una experiencia de educación en economía solidaria desarrollada hace algunos años en centros educativos y plantea recuperar una idea especialmente vinculada con la Doctrina Social de la Iglesia: potenciar el bien común también dentro del aula.

“Compartir material hace que el coste sea mucho menor y, además, educa a los niños y jóvenes en la importancia de construir y respetar lo común”, sostiene. La consecuencia económica es evidente, pero para Lluch existe también una consecuencia educativa: “Si compartimos y utilizamos material común, tenemos que cuidarlo y preocuparnos por él. Al final, todos ganamos porque el coste es mucho menor”.

Actualmente, observa, compartir pinturas, lápices u otros materiales suele asociarse fundamentalmente a Infantil o a los primeros cursos de Primaria. Conforme avanza la escolarización, se impone progresivamente la idea de que cada estudiante debe disponer de sus propios recursos.

“Estamos dando una visión de que cada uno tiene que velar por lo suyo y tiene que tener lo suyo. Esto sale mucho más caro”, advierte Lluch.

Frente a ello, propone que los centros recuperen espacios y recursos compartidos. Una fórmula que permitiría reducir el gasto para todas las familias, pero que tendría un impacto especialmente importante entre aquellas que encuentran mayores dificultades económicas.

Y en los centros cristianos, añade, existe además una razón de fondo. Compartir permite educar en “el destino universal de los bienes” y en “el aprecio del bien común”, dos principios de la Doctrina Social de la Iglesia que, a su juicio, podrían tener una traducción mucho más concreta en la vida cotidiana de los colegios. “Cuidando y preocupándonos por lo común, ganamos todos”.

Cuando no tener lo mismo también excluye

Es aquí donde los datos económicos de la vuelta al cole adquieren una dimensión diferente. La dificultad para afrontar determinados gastos no termina cuando el alumno cruza la puerta del colegio. Lluch lleva esta cuestión al terreno de la socialización.

“Una de las cosas que preocupa a los padres es que sus hijos puedan socializarse bien en clase y, para ello, el factor económico no es despreciable”, señala.

Porque las diferencias económicas también se hacen visibles entre los menores. “Cuando llevo a mi hijo al colegio, quiero que tenga la capacidad económica que le permita no sobresalir por abajo”, explica. No se trata de disponer de más que los demás, sino de evitar que la falta de recursos marque una diferencia que termine condicionando la relación con sus compañeros. Y esa diferencia puede manifestarse durante todo el curso.

“El problema va más allá de la vuelta al cole en septiembre”

Excursiones, viajes, actividades deportivas o propuestas extraescolares forman hoy parte habitual de la experiencia educativa. Y es precisamente ahí, apunta Lluch, donde la capacidad económica de las familias vuelve a aparecer.

“Hay determinados alumnos que no van a excursiones o viajes porque no tienen capacidad económica para afrontar ese gasto extra”, explica. Puede tratarse de 20 o 30 euros para una salida de un día o de 200 euros para una actividad de varios días. Cantidades asumibles para unos hogares y fuera del alcance de otros. Y la consecuencia no es únicamente perderse una excursión.

“Hay muchos chavales excluidos de las actividades extraescolares y eso hace que también se vean excluidos de la socialización con sus compañeros”, advierte el profesor. Por eso, insiste, “el problema va más allá de lo que es la vuelta al cole en septiembre”. Se prolonga durante todo el año y alcanza también a la socialización con los compañeros.

Una escuela que ha asumido nuevos papeles

En las últimas décadas, además, se ha producido un cambio que, según Lluch, ayuda a comprender por qué el componente económico ha adquirido cada vez mayor relevancia incluso dentro de una educación que formalmente es gratuita.

“La escuela ya no es solo el lugar donde vas a aprender conocimientos”, explica.

Durante generaciones, recuerda, buena parte de la socialización de niños y adolescentes se producía fuera del centro escolar. Las escuelas estaban fundamentalmente orientadas a la transmisión de conocimientos, mientras que el deporte, el ocio, las excursiones y otras experiencias se desarrollaban en otros ámbitos.
Hoy esa frontera se ha desplazado. “En los últimos años, la escuela ha ido adquiriendo otras responsabilidades”. Se ha convertido también en un espacio fundamental de socialización, de actividades extraescolares, deporte, viajes y convivencia.

Y esa transformación tiene una consecuencia económica.

“Como la escuela adquiere otros roles que también hay que pagar, pero la financiación está hecha solo para la parte de conocimiento, la dimensión económica de la educación se incrementa”, señala Lluch.

El riesgo es que quienes no pueden afrontar esos costes adicionales queden precisamente al margen de una parte cada vez más importante de la experiencia escolar: “Aquellos que tienen problemas quedan todavía más excluidos de un mecanismo de socialización que hoy en día es el principal, al no poder pagar esas actividades”, concluye.

Fuente editorial: Archidiócesis de Valencia. Contenido importado de su canal institucional oficial.

Volver a Actualidad